lunes, 25 de abril de 2016

Hamilton




Hace unas noches tuve un sueño raro: soñé con Alexander Hamilton. Si, el primer secretario del tesoro de los Estados Unidos.  Además también fue abogado, estadista, escritor entre tantas otras cosas. ¿Por qué alguien soñaría con Hamilton? Porque se ha transformado en una exitosa obra en Broadway. Si, Hamilton es una obra musical de hip-hop. 

El caso es que soñé con Hamilton y al otro día ganó un Pulitzer. Como si fuera una pitonisa… Cuando leí lo del Pulitzer pensé que tenía que escribir sobre Hamilton urgentemente.

El 11 de enero de 1755 (o 1757, no se sabe con exactitud), nació Alexander Hamilton, hijo ilegítimo de un comerciante. Comenzó a trabajar desde muy chico, a los 11 años, en la contaduría de un mercante. Su capacidad para los números llamó la atención del presbítero Hugh Knox quien le financió un pasaje a New York para estudiar en la escuela Elizabethtown (esto ocurrió entre los años 1772 y 1774).

Al terminar sus estudios ingresó en la Universidad King’s College y, gracias a becas, logró estudiar leyes. Cabe aclarar que King’s College es, en la actualidad, la Universidad de Columbia. Su carrera se vio interrumpida por su participación en la guerra de independencia de las Trece Colonias.


El año en que ingresó al King’s College pronunció su primer discurso, participando en un movimiento revolucionario. Recordemos que la revolución de las Trece Colonias fue en 1776. En julio de 1774, Hamilton dio un discurso a favor de la emancipación de las colonias contra su metrópoli. Siguió con el compromiso revolucionario escribiendo artículos que lograron publicarse en los diarios más importantes de New York.

En 1775 estalló la guerra entre las trece Colonias y Gran Bretaña que había enviado al continente americano tropas de combate. Hamilton se unió inmediatamente a las tropas de las colonias, en el Ejército Continental. Por su buen desempeño, Hamilton fue nombrado capitán de Artillería en 1776.  En enero de 1777 aplastó a las tropas británicas en la batalla de Princeton. Allí fue donde su figura alcanzó fama y George Washington se lo llevó a luchar junto a él con otorgándole el grado de teniente general. 

En 1780 Alexander Hamilton contrajo matrimonio con una aristócrata neoyorkina, Elizabeth Shuyler, hija de un militar con quien luchó Hamilton. Gracias a este matrimonio, Hamilton logró establecerse entre la elite neoyorkina y administrar una importante fortuna. Fue representante de los intereses de comerciantes neoyorkinos (cuyas fortunas dependían del comercio marítimo). Gracias a un aporte económico de su suegro, abrió un estudio de abogados. Pero su interés por lo público no terminó en su compromiso con la guerra y la independencia. A pesar de estar muy bien en su profesión, decidió seguir involucrado con la incipiente formación del gobierno estadounidense. En 1781 volvió al campo de acción y lideró la decisiva batalla de Yorktown.  


Así, en 1782, fue elegido como representante del estado de New York ante el Congreso Continental de Filadelfia. Durante este Congreso, Hamilton dedicó sus esfuerzos en tratar de convencer a los congresales sobre la necesidad de un gobierne fuerte, centralizado y federal. También hizo hincapié en la necesidad de un banco nacional y fue un gran promotor de la industrialización como forma de desarrollo económico, en detrimento de la agricultura (dos tipos de sistemas económicos que estarían en pugna hasta que luego de la guerra civil a mitad de siglo XIX, se impondría la industrialización).

Luego de derrotados los británicos, Hamilton llevó adelante dos importantísimas negociaciones que darían definitivamente punto final a la guerra de independencia: el tratado de paz entre Estados Unidos y Gran Bretaña y los Tratados de Paris, una serie de tratados entre Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España, por los cuales se reconocía la independencia de las Trece Colonias. 

En 1784 Hamilton se convirtió en el primer bancario estadounidense en abrir un banco, del que fue presidente: el Banco de New York. 


Durante las sesiones en las que se trató la sanción de la Constitución, Hamilton publicó The Federalist, (luego conocido como The Federalist Papers) una serie de 85 artículos que escribió con James Madison y John Jay, en los cuales se promocionaba la ratificación de la Constitución. A la vez, apoyó fervientemente la candidatura de George Washington.

Al ser electo como primer presidente bajo la Constitución, en 1789, George Washington eligió a Alexander Hamilton como Secretario del Tesoro. Para ese momento, Hamilton era líder del Partido Federalista y, junto con Thomas Jefferson, hombre de confianza del nuevo presidente.

Alexander Hamilton persiguió tres objetivos fundamentales desde que asumió su cargo: 1. restaurar el crédito nacional, 2. el desarrollo de la industria (como dijimos anteriormente, la economía del incipiente país era agrícola) y 3. conseguir apoyo financiero de las clases adineradas. Asimismo, propuso la creación de un banco nacional y la absorción, por parte del estado, de las deudas de guerra.

Sus políticas y su acercamiento a Washington lo enfrentaron con Jefferson y Madison. El otro importante enfrentamiento de Hamilton fue con el segundo presidente de los Estados Unidos y su vice presidente, John Adams y Aaron Burr. 



En 1804, cuando Burr quiso presentarse como candidato a gobernador de New York (Hamilton había tratado de Burr de “aventurero y político sin escrúpulos”), Hamilton montó una campaña en su contra. Al ser derrotado, Aaron Burr retó a duelo a Alexander Hamilton. 

El 11 de julio de 1804, en Weehawhne, New Jersey, Hamilton y Burr se batieron a duelo y Hamilton cayó herido de muerte, muriendo al otro día. 

Con la muerte de Alexander Hamilton comenzó el declive del Partido Federalista que dejó de existir en los años veinte del siglo XIX.



Cuando en la escuela secundaria Lil-Manuel Miranda estudió la rivalidad entre Burr y Hamilton lo primero que pensó fue en que era una típica pelea entre bandas de hip hop. Varios años después montó el musical de hip hop de Broadway Hamilton. La semana pasada ganó un Premio Pulitzer por este musical.

 


jueves, 14 de abril de 2016

No me peguen! Soy Giordano!


En Argentina hubo un episodio con un peluquero conocido que, en un robo o en la cancha, ya no recuerdo, quiso resguardarse de agresores al grito de “No me peguen! Soy Giordano!” Como si ser Giordano fuera garantía de algo, verdad? El caso es que quedó como una frase para gastar bromas e ironías.

Pero al Giordano del que vamos a hablar, no sólo le pegaron. El oscurantismo de la Iglesia Católica decidió que sus ideas no eran acordes a su dogma. Entonces lo quemaron vivo.

Si tuviésemos que definir qué fue Giordano diríamos que filósofo. Por sus estudios específicos también podríamos decir astrónomo y poeta. Su verdadero nombre era Felipe (Filippo) Bruno, pero al ingresar a la Orden de los Dominicos cambió su nombre por el de Giordano. Nació en Nola, Nápoles, Italia, en 1548. 

En 1565, con 17 años, ingresó a la Orden de los Dominicos, donde estudió teología y se ordenó sacerdote y doctor en teología. El problema fue  que su pensamiento no era acorde al de la Iglesia. Recordemos que la época en que estudiaba Giordano Bruno era plena época de Inquisición. 


Se las había ingeniado para leer a Erasmo y Copérnico y a partir de estas lecturas comenzó a cuestionar los dogmas de la Iglesia. Fundamentalmente los que tienen que ver con la tierra como centro del universo. Adhirió, así, a la teoría heliocéntrica de Copérnico.

Además, Bruno sostenía que en el universo era infinito donde convivían varios mundos con seres semejantes a los humanos y que podían rendirle culto a sus propios dioses. Se imaginarán que sostener esto frente a la Iglesia Católica y, en plena época de Inquisición, lo que me nos le valió fue la expulsión.

Así fue que en 1575 Giordano Bruno fue acusado de hereje y huyó de Nápoles. Comenzó a viajar por toda Europa, leyendo y aprendiendo de filósofos, matemáticos pensadores y poetas.

En 1581 llegó a Paris donde fue apoyado por el rey Enrique III, aunque no lo apoyaba abiertamente ya que la Iglesia vigilaba. Bruno fue profesor de la Universidad de Paris donde publicó los libros “Las sombras de las Ideas” y “El canto de Circe”.

En 1583 fue nombrado secretario del embajador francés en Gran Bretaña y partió a Inglaterra. Allí enseñó en la Universidad de Oxford la visión heliocéntrica de Copérnico.

Además de dar clases, Giordano Bruno seguía publicando sus ideas: “De umbris Idearum”, “La cena de las cenizas”, “Del universo infinito y los mundos”, “Sobre la causa, el principio y los mundos”, entre otras obras.

En Inglaterra pasó tres años y luego siguió recorriendo el mundo. Los siguientes años los pasó viviendo en diversas ciudades: volvió a París, Wittenberg, Praga, Helmstedt, Fráncfort y Zúrich.



 Estando en Francfort recibió una invitación de un noble veneciano, llamado Giovanni Mocenigo, quien le solicitó que se mudara a Venecia, a cambio de grandes pagos, por supuesto, para ser su maestro, ya que estaba interesado en sus enseñanzas.

Giordano Bruno aceptó la invitación y a fines de 1591 llegó a Venecia. Allí comenzó a dar clases en la Universidad de Padua y a asistir a la Accademia degli Uranini, lugar donde se reunían académicos liberales.

Luego de una discusión importante con Mocenigo, que era una excusa porque en realidad era espía de la Inquisición,  éste lo denunció al Santo Oficio.


En enero de 1593 Giordano Bruno fue detenido por la Inquisición.  Estuvo preso siete años siendo sometido a todo tipo de tormentos y torturas para tratar de convencerlo de arrepentirse y retractarse de sus teorías, libros y dichos.

No lo hizo. Fue a juicio y se lo condenó a morir en la hoguera. Al oír la sentencia Giordano Bruno le dijo al tribunal una frase que se haría famosa en la posteridad:

Tal vez ustedes pronuncien esta sentencia con más temor del que yo siento al recibirla.

Fue llevado al Campo di Fori el 19 de febrero de 1600. Para que no hablara se le imposibilitó con una brida de cuero. Algunos aseguran que le inmovilizaron la lengua con un clavo. Antes de incendiarlo un cura le mostró un crucifijo pero él dio vuelta la cara y no lo miró.

Así murió Giordano Bruno, quemado vivo.

Así se manejaba la gente que no aceptaba otra verdad que la suya y que tanto pánico le tenía a la libertad porque, la gente con libre pensamiento hubiera dejado de tenerles miedo. Y así lo siguen haciendo hoy en día, 400 años después, aunque no quemen vivo a nadie. 
Bueno, a casi nadie. Muchos, aún, siguen temiéndole a la libertad.  


Los dejo con esta espectacular película del año 1973 sobre la vida de Giordano Bruno.