sábado 28 de enero de 2012

La Guerra de los Cien Años.


Hace unos días volví a ver una película, que me gustó mucho, llamada “Timeline”  que trata sobre un grupo de personas que viajan en una máquina del tiempo en busca del padre de uno de los integrantes, atrapado en la Edad Media. Más precisamente en la Guerra de los Cien Años. Y me quedé pensando que debe ser una de las guerra más conocidas de la historia, pero que pocos saben de qué se trató.



La guerra de los cien años en realidad duró 116 años, desde  1337 hasta  1453, y fue una guerra entre Inglaterra y Francia por dominios territoriales con implicancias económicas.
Pareciera, en principio, haber sido una guerra dinástica, pero esa es solo una de las causas. En realidad podemos decir que fue una guerra territorial, económica y dinástica.  Básicamente, Inglaterra poseía tierras (por herencia) en territorio francés y Francia siempre quiso expulsarlos. A su vez, estas tierras eran de vital importancia económica para Inglaterra y no querían perderlas.

Fue una guerra, en principio, de carácter feudal pero que, a lo largo de los años, fue mutando y al finalizar el conflicto,  el feudalismo como sistema había muerto.
Para comprender mejor debemos ir a principios de los años 1000, cuando  Guillermo de Normandía se adueñó de Inglaterra y pasó a ser rey de ese país. Así los Normandos pasaron de ser vasallos a pares del rey de Francia, pero a la vez vasallos en algunas tierras. (No voy a ahondar en todas las sucesiones dinásticas porque sino se convertiría este post en una clase de historia aburrida, como las del colegio).



A partir de este hecho, se sucedieron varios reyes en Inglaterra que mantuvieron estas posesiones en tierra francesa. Las posesiones más importantes eran: Gascuña, Aquitania, Anjou, Normandía, Guyena, entre otras. Gascuña, Aquitania y el territorio de Flandes era muy importante económicamente para Inglaterra.

En 1259, Enrique III de Inglaterra firmó el Tratado de Paris por el cual renunciaba a todos los territorios menos a Gascuña y Aquitania y debía pagar un “homenaje” al Rey francés por estos territorios.

El problema dinástico comenzó cuando en 1328 murió Carlos IV de Francia sin dejar descendientes varones. La corona hubiera correspondido a su hermana Isabel, madre de Eduardo III de Inglaterra, motivo por el cual, el rey inglés reclamó la corona. Pero, estaba en vigencia la Ley Sálica, que no permitía a las mujeres ser herederas al trono. Por lo tanto, la corona recayó en un tío del fallecido Carlo IV, hermano de Felipe el Hermoso, con el nombre de Felipe VI.

En represalia por la negativa a conceder el trono francés, Eduardo III se negó a pagar el “homenaje” por las tierras y, sumado a esto, aprovechó la rebeldía de un pariente de Felipe VI (Roberto de Artois) y lo acogió en su corte. En respuesta, Felipe VI invadió y se anexionó la región de Gascuña, dando comienzo a la guerra.

Para comprender mejor, se puede dividir la Guerra en cuatro etapas, ya que no tiene sentido relatar 116 años de batallas.





La primera etapa podríamos llamarla la del “triunfo inglés”, que se limita entre la batalla de L’Ecluse y la firma del Tratado de Bretigny, (1340-1360). Por este tratado Eduardo III renunciaba al reclamo de la corona francesa a cambio de Calais y de los territorios al sur del río Loira. Esta etapa estuvo signada por las victorias inglesas en batallas como Crècy y Poitiers, sumado a la epidemia de peste negra que azotó Europa.  

En la segunda etapa, que podríamos denominar de “triunfo francés”, Francia contaba con el apoyo del Reino de Castilla. Venció en la batalla de La Rochelle y fue conquistando territorios. Las flotas castellana y francesa asolaron las costas inglesas precipitando una tregua, la de  Leulingham, en 1383.

El tercer período se caracterizó por luchas internas en ambos países. Enrique V, nuevo rey de Inglaterra reinició las hostilidades contra Carlos VI, derrotándolo y obligándolo a firmar el Tratado de Troyes (1420), por el cual se reconoció a Enrique V como heredero al trono Frances por haberse casado (Enrique V) con Catalina, hija del rey francés (Complicado no? No es fácil! ).

A dos años de aquel tratado, comenzó la cuarta y última etapa de esta guerra, con la muerte, en el lapso de dos meses, de los dos reyes. Francia, una vez más, no quiso reconocer a Enrique VI (hijo de Enrique V) como rey y coronó a Carlos VII (hijo del rey anterior y hermano de Catalina, (recordemos, esposa de Enrique V de Inglaterra).

Cuando los franceses estaban siendo derrotados, apareció una figura fundamental en la historia francesa  que daría un giro en las batallas. Alguien que merece un post sólo para ella. Si, es una dama, una doncella, la “doncella de Orleans”: Juana de Arco.



Juana de Arco era una campesina (se dice que analfabeta), muy católica, que tuvo visiones donde Dios le encomendaba el cuidado de Francia. Así su fama comenzó cuando se dirigió al asedio de Orleans (1429) y junto a un pequeño ejército liberó la ciudad de sus invasores y proclamó a Carlos VII legítimo rey de Francia.

Su fama y cercanía al rey despertó la envidia de otros franceses, los borgoñeses, quienes la atraparon y la entregaron a los ingleses. Acusada de “brujería”, fue quemada en la hoguera el 30 de mayo de 1431.

Pero esta figura fue fundamental porque despertó un sentimiento nacionalista francés. A partir de las batallas de Juana, Francia fue recuperando ciudades: Paris (1436), Normandía (1450) y Burdeos (1453). Así, los franceses derrotaron a los ingleses a los que solo les quedó el puerto de Calais, que perderían definitivamente en 1475.



Las consecuencias de la guerra fueron varias. La más importante fue sin dudas el cambio de paradigma. Es decir, al unificarse los territorios, se terminó el feudalismo y se dio paso al comienzo de  conformación de estados modernos. Esto llevó a una creciente identidad nacional. (Por supuesto que todos estos cambios fueron muy paulatinos).

En lo económico, los territorios franceses quedaron devastados y hubo una paralización de la producción agrícola francesa (territorio donde se libraron las batallas).

En cuanto a lo militar y retomando el punto anterior, se pasó de una guerra entre señores feudales a una guerra entre estados. Se suplantó la caballería por la infantería, apareció la artillería y se comenzaron  a organizar  ejércitos nacionales, profesionales. Se mejoraron las fortificaciones para evitar los asedios, ya que las tácticas de guerra cambiaron de la lucha en el campo de batalla al asedio a ciudades.

Espero no haberlos aburrido, ya que este tema, fascinante para mi, es un tanto “denso” para explicar. De todas maneras le debo un post sobre Juana de Arco y sobre Enrique V, dos personajes dentro de este tema muy interesantes para leer.

Los dejo con el trailer de la película The Messenger. The story of Joan of Arc, dirigida por el genial Luc Besson.





martes 29 de noviembre de 2011

jueves 17 de noviembre de 2011

Cuando Piazzolla conoció a Gardel.

Se imaginarán los lectores de este blog que tipo de música escucho. Rock, soul, reggae, jazz y pop. Difícilmente me sorprendan escuchando otra música. Muy difícilmente. Además, me resulta muy complicado escuchar música que no me gusta, ya que creo que la música se escucha con el alma y no con los oídos.

El tema es que la música típica con la que se identifica a mi país es el tango, que no escucho. Sinceramente no me gusta el tango, no lo disfruto. Pero esta vez quería escribirles una curiosidad que leí hace poco, relacionada con el tango.
Dos de las figuras más emblemáticas de esta música en Argentina son Carlos Gardel y Astor Piazzolla. Uno, el mejor cantante de tangos. El otro el mejor bandoneonista. Si me preguntaban qué tenían que ver Gardel y Piazzolla hubiera contestado que el tango. Pero nunca me imaginé que se hubieran conocido.
Astor Piazzolla nació en Mar del Plata pero de muy pequeño se fue con sus padres a vivir a New York. Vivía en Manhattan, en un barrio humilde, donde su padre trabajaba de peluquero.
A pesar de lo que uno pueda suponer, no se crió escuchando tangos, sino jazz. Sus amigos de la infancia eran hijos de inmigrantes italianos y nada tenían que ver con la idiosincracia del “arrabal”.




Cuando cumplió 9 años el papá le regaló un bandoneón (aunque él tocaba la armónica). Allí comenzó su carrera musical.
En 1934, Carlos Gardel, ya un mundialmente famoso cantante de tangos, llegó a New York para filmar la película “El día que me quieras”.  Allí, por cuestiones del destino conoció a un chico argentino, de 13 años, que tocaba el bandoneón. Así, Astor terminó teniendo una participación en la película, una ínfima aparición como diariero (canillita como se le dice en Argentina).
Cuenta Astor en el libro “Astor Piazzolla, a manera de memorias” que  cuando Gardel lo escuchó tocar el bandoneón le dijo: “¡Pibe, vos tocás el bandoneón como un gallego!
Desde ese momento, durante su estadía en New York, Gardel pasó un tiempo con los Piazzolla. “El pibe” oficiaba de traductor (Gardel no hablaba inglés), e iba a comer los ravioles de la mamá de Astor. De hecho, fue como agradecimiento que Gardel le ofreció a Astor participar en la película.
Cuando finalizó la filmación de la película, Gardel organizó una fiesta donde se sirvió asado. En ese momento le pidió al joven Piazzolla que tocara un tango. Fue el primer tango de Astor. La canción en cuestión era “Arrabal Amargo”.



Gardel emprendió un viaje a Hollywood y de allí partiría a su gira latinoamericana. Desde Hollywood se comunicó con los Piazzolla para ofrecerle a Astor que se uniera a su grupo en la gira. Ni sus padres, ni el sindicato de músicos le dieron permiso para viajar, por ser menor de edad. O tal vez fue el destino, ya que fue en esa gira que Gardel encontró al muerte. En junio de 1935 el avión en el que viajaban Gardel y su grupo se estrelló contra otro aeroplano que también estaba por despegar.
Sólo hubieron tres sobrevivientes en la tragedia. Pero ahora sabemos que son cuatro. Ya que de haber ido, no sabemos si “el pibe” se hubiera salvado o no. La realidad es que no fue y se convirtió en el genio que fue: Astor Piazzolla.


viernes 11 de noviembre de 2011

El crack de Wall Street



Aquí estoy amigos, de vuelta. No me fui, siempre estuve, sólo que sin escribir. Y me obligué a hacerme un tiempo para retomar lo que me gusta: escribir la historia.

Vimos con mi marido una película buenísima sobre la crisis financiera del 2008, que se llama “Too big to fail”. Es muy recomendable y aclara un poco como el gobierno de los Estados Unidos, para evitar  que se cayeran los principales bancos y  una nueva “gran depresión”, inyecto dinero a las principales entidades financieras.



Entonces surgió la charla sobre aquella Gran Depresión  y el  crack de Wall Street que la generó.  El tema es que muchas veces se confunde la depresión económica con la caída de Wall Street.

El crack, también conocido como jueves negro (el 24 de octubre de 1929), o lunes negro (28/10) o martes negro (29/10), fue una devastadora caída del mercado de valores de los Estados Unidos. La Gran Depresión fue la crisis económica generada por la caída de la “bolsa”.

Se llamó gran depresión porque esa crisis económica implicó recesión, desocupación, miseria, y caída de los ingresos y del estilo de vida de la mayor parte de los estadounidenses. Pero hablemos de la causante.

La década del 20 fue de gran prosperidad y crecimiento industrial. De hecho pasó a la historia como “los felices años 20” o  “los años locos”.  La prosperidad se debió principalmente a dos causas: superproducción industrial y superproducción agrícola.
Esto provocó un crecimiento de industrias como la automotriz, química, eléctrica, farmacéutica, la del petróleo, electrodomésticos y la aviación entre otras.  Hubo un aumento de la concentración empresarial a través de lo que se conoce como “trust” o “holdings “ y aparecieron los “cárteles internacionales” que controlaban los precios mundiales del acero y del petróleo.

Esta superproducción, no sólo tenía mercado en los Estados Unidos, sino también en la Europa destrozada por la Gran Guerra. 

Pero, a partir de 1925, comenzaron a darse dos características que llevaron directamente a la quiebra de la bolsa y la posterior crisis. En primer lugar, la superproducción de la que hablamos anteriormente, comenzó a superar las necesidades reales de consumo. Esto se debió fundamentalmente al subconsumo (es decir, en lo doméstico: la oferta de bienes era mayor a la demanda como consecuencia de una distribución desigual de la renta y, en lo internacional, el proteccionismo impuesto en los países europeos que hicieron caer el comercio internacional).




Asimismo se dio un “boom especulativo”. Miles de norteamericanos comenzaron a invertir  fuertemente en el mercado de valores. Esto provocó un alza de valores que, a su vez, hacía que más personas quisieran comprar valores y acciones. Se comenzaron a dar créditos para la compra de acciones. Se llegó a prestar unos 8.5 mil millones de dólares, una cantidad bastante mayor de lo que circulaba en los Estados Unidos en ese momento.
A mayor compra de bonos, mayor era el alza y más grande la burbuja económica. Y cuánto más grande es la burbuja, más ruido hace al estallar... Fácticamente, lo que hizo caer a la bolsa fue la falta de confianza. Y esta comenzó en marzo de 1929.

El Promedio Industrial Dow Jones (que es el principal índice bursátil y que mide el beneficio de las 30 mayores empresas que cotizan en la bolsa de Estados Unidos), había incrementado cinco veces su valor. Ante un alza importante y constante de los bonos durante tres semanas seguidas se reunió el Consejo de la Reserva Federal de Estados Unidos. Esta reunión generó desconfianza y el 25 de marzo el índice cayó 9, 5 puntos. Al otro día los valores perdían 3 puntos por hora.


En ese momento, Charles Mitchel, presidente del National City Bank, utilizó los recursos del Banco para comprar títulos y dar la sensación de que estaba esperando (especulando) la baja para poder comprar. Esto regeneró la confianza. Pero no duró mucho.



A mediados de octubre comenzaron a venderse acciones y esto generó un pánico tal que el jueves 24, el jueves negro, la bolsa cayó un 9 %. Ese mismo día hubo un alza gracias a una inyección de divisas  (250 millones de dólares aproximadamente) de los principales bancos( National City Bank, JP Morgan Chase, Chase National Bank, entre otros). Pero el alza fue ficticia y, el 29 de octubre se negociaron 16.4 millones de acciones. El Dow Jones cayó un 12 % y la bolsa perdió 14 mil millones de dólares en valores ese día. En pocas horas, dieciséis millones y medio de acciones se vendieron con pérdida a un promedio del 40%. La bolsa se desplomaba.

La gente entró en pánico y muchos, antes semejante ruina de sus finanzas, se suicidaban. La confianza en el sistema era tal que no podían creer lo que estaba ocurriendo. Pocos pudieron prever el crack.

No solamente fue responsabilidad de las entidades financieras, sino también del estado que no intervino para regular las especulaciones financieras. Esta crisis provocó la caída de la administración de Herbert Hoover y de doce años del Partido Republicano en el poder.

A partir de ese octubre negro comenzó lo que se llamó la “gran depresión”. La caída de la bolsa provocó una crisis económica de tal magnitud que se expandió a casi todo el mundo, desembocando en la Segunda Guerra Mundial. Pobreza, miseria, desocupación, quiebra de empresas, gente viviendo en las calles. Pero la gran depresión es tema para un próximo post.



En 2008, 79 años después Wall Street,  volvió a temblar. En 2011, 82 años después, las bolsas caen, aumenta la pobreza en el mundo, tiembla la Unión Europea y los “Indignados” copan el mundo. No aprendimos nada. De qué sirve estudiar historia si no aprendemos  de los errores?

Los dejo con un muy buen documental sobre la crisis del 29 (tómense un rato y véanlo). 

Ojalá aprendamos...

domingo 11 de septiembre de 2011

Día del maestro


Se que les debo, amigos, por este abandono. Ya volveré. Mientras tanto los dejo con esta frase de Domingo Faustino Sarmiento, en el día del maestro.

Es la educación primaria la que civiliza y desenvuelve la moral de los pueblos. Son las escuelas la base de la civilización.


miércoles 6 de julio de 2011

La frase de la semana.





Y bueno, como hoy es mi cumpleaños, voy a regalarme la frase de la semana, que es de mi queridísimo y admiradísimo Friedrich Nietzsche.



"La potencia intelectual de un hombre se mide por 
la dosis de humor que es capaz de utilizar."

martes 28 de junio de 2011

Los amantes de Teruel


La vagancia que me estaba distrayendo de escribir tenía que tener un límite. Por suerte vencí y acá estoy. Y aprovechando que es el cumple de una amiga muy romántica, decidí volver con una historia de amor muy conocida en España. Es la historia de los “amantes de Teruel”.


Situados en el siglo XIII, en Teruel, una de las ciudades más importantes de la región de Aragón. El momento histórico es el de la reconquista. recordemos que los musulmanes invadieron la península ibérica en el año 722 y desde ese entonces los cristianos trataron de reconquistar el territorio.


Uno de los guerreros que logró reconquistar Teruel en el año 1172 fue don Blasco de Marcilla. La familia Marcilla era muy prospera, una de las familias más importantes del pueblo, pero hacia la primer década del 1200, en el 1208, la familia se empobreció debido a una plaga de langostas.

Otra de las familias prósperas del lugar era la familia Segura, que si bien no tenía el linaje de los Marcilla era mucho mas rica por haberse dedicado al comercio.


Casi como si fueran Romeo y Julieta, los Marcilla tenían un hijo, Diego y los Segura una hija, Isabel. Los chicos jugaban juntos cuando niños y Diego siempre estuvo enamorado de Isabel. Cuando llegaron a la edad correcta, Isabel y Diego creyeron que era momento de hablar con el padre de su enamorada para pedirle la mano.


Don Pedro de Segura, padre de Isabel, vio inconveniente el enlace, debido a la falta de fortuna de Diego. Así es que Don Diego, lastimado profundamente por darse cuenta que su “suegro” nunca aceptaría la unión, decidió enriquecerse. Para eso, partió en búsqueda de riquezas luchando en la guerra contra el “infiel”.


Don Diego entendió que era injusto que su amada lo esperara eternamente, por lo cual se puso un plazo de cinco años, de espera y mutua fidelidad. Si en cinco años Diego no volvía, Isabel quedaba libre para desposar a quien su padre considerara correcto. En la primavera de 1212 Diego partió a Zaragoza a unirse al ejército de Pedro II.




Pasaron los años e Isabel siempre esperando a su amado, preguntando a cada viajero o comerciante que llegaba a la ciudad. Al transcurrir cuatro años, su padre comenzó a presionar a Isabel para que se casara con otro hombre, un pretendiente rico e ilustre llamado Don Pedro de Azagra. Fue tal la presión que Isabel accedió a casarse con la condición de hacerlo una vez que culminara el tiempo de espera, es decir, cuando se cumplieran los cinco años que le prometió a Diego.


El mismo día en que se cumplieron los cinco años se celebró la boda de Isabel.


Esa misma tarde, entraba a la ciudad Don Diego, que volvía victorioso y habiendo conseguido la fortuna que prometió traer.


Se dirigió directo a la morada de Isabel. Al ver tanta gente agolpada preguntó que ocurría y se enteró de la boda. Desolado, lleno de pena, rabia, dolor, decidió entrar al salón para que Isabel en persona le ratificara la versión de su casamiento.


Isabel, al ver a su amante, al descubrir en su mirada y en su rostro el reproche de su amado, se desmayó. Cuando volvió en si, se disculpó con los presentes y se retiró a sus aposentos. Diego la siguió disimuladamente.


Al entrar en la alcoba nupcial y luego de varios reproches, Diego le juró que se iría para siempre y lo único que le pidió fue un beso de despedida. Isabel, fiel a su matrimonio, se lo negó tres veces.




Ante la negativa, Diego cayó muerto a sus pies. En ese instante entra a la habitación el marido de Isabel y para no alarmar a los presentes, deciden llevar el cuerpo de Diego cerca de la casa de la familia Marcilla.


Al otro día, el pueblo se vistió de luto para los funerales de Don Diego de Marcilla. Don Martín, padre de Diego, decidió hacer su funeral en la Iglesia de San Pedro.


Allí, en medio de la multitud, apareció Isabel, cubierta con un manto. Se acercó al cuerpo de su amado y se inclinó a besarlo, a darle aquel beso que en vida le había negado.


Pero, luego de besarlo, Isabel cayó muerta al lado del cuerpo de Don Diego. La gente presente creyó que una mujer se había desmayado. Gran sorpresa se llevaron al ver que era Doña Isable de Segura y, aun mayor fue la sorpresa, al verla muerta.


Las familias decidieron enterrarlos juntos, en la capilla de San Cosme y San Damián, en la Iglesia de San Pedro. Allí fueron encontradas ambas momias en 1555, con una documentación que contaba lo sucedido.


Las momias se conservan en el mausoleo de los Amantes, al lado de la Iglesia original.


La historia de los amantes de Teruel ha sido reescrita infinidad de veces. Escritores de la talla de Tirso de Molina o Tomás Bretón se han inspirado en esta historia.


Desde 1997, cada año, en Teruel, se conmemora a los amantes en las fiestas de “Las bodas de Isabel de Segura”, donde se representa en la calle los sucesos de los amantes. Toda la ciudad se viste de Medieval. La fiesta se celebra durante el tercer fin de semana de febrero.


Están avisados, si en febrero no tienen mucho que hacer, pueden darse una vueltita por Teruel, en Aragón y escuchar y participar de esta historia de amor, los Romeo y Julieta del mundo hispano.




miércoles 11 de mayo de 2011

La frase de la semana.





Hace 30 años moría Robert Nesta Marley - Bob. Y la frase de la semana es la última frase que pronunció, sus últimas palabras. Se las dijo a su hijo Ziggy, y son estas:

"El dinero no compra la vida".


martes 26 de abril de 2011

Taxi! A la batalla, por favor.



Quiero comenzar una nueva sección llamada “curiosidades”. Pequeñas anécdotas o datos de la historia que no suelen ser tan conocidos.


Hoy comienzo con una anécdota de la Primera Guerra Mundial, de la cual me enteré leyendo el libro de Ken Follet “La caída de los Gigantes” (que por cierto, recomiendo MUCHÍSIMO!).


Nuestra primera curiosidad ocurrió el 6 de septiembre de 1914, durante la Batalla del Marne, que libraban franceses y alemanes.


El 5 de septiembre los alemanes avanzaban sobre Paris. Los franceses tenían dos alternativas: presentar batalla o esperar que el enemigo tomara su ciudad capital. Así, los dos ejércitos se encontraron a 30 kilómetros de Paris, a la rivera del río Marne. En un momento el avance alemán se detuvo.





En ese momento, el General Joseph Gallieni, atrincherado en Paris, recibe la orden de desplegar sus tropas hacia el Marne y atacar. Pero Gallieni sólo disponía de 250 vehículos para sus 6.000 soldados. Y se le ocurrió la siguiente idea: mandó llamar a todos los taxis de Paris para que se juntaran y llevaran a los soldados a la batalla.


Se reunieron unos 600 taxis, en su mayoría eran Renault 8C del modelo AG, en Les Invalides y transportaron a los soldados al Marne. A los taxistas les pagaron un 27% más que lo que indicaba el taxímetro.


Podría decirse que fue la primera operación de infantería motorizada.


La batalla siguió hasta el 9 de septiembre, cuando los aliados franco-británicos detuvieron al ejército alemán. A pesar de este freno a los germanos, la guerra continuó por cuatro años más. Aunque ningún ejército volvió a desplazarse en taxi hasta el campo de batalla.